Llegar hasta allí es... complicado, o más que complicado, es trabajoso. Primero cogimos un avión que nos dejó a las afueras de Alicante, después un bus para ir al centro, y de allí un tren que tardaba unos 50 minutos en llegar a la Vila. No me extraña que la otra mitad que fue en coche llegase antes que nosotros.
Ya llegando a la Vila, había un paisaje genial desde el tren y yo que no soy de playas (y mucho menos de bañarme) empecé a replantearmelo al ver cosas como ésta:
Aunque se nos sentó al lado un señor que me fastidió las vistas y mis 50 minutos de música contándonos lo mucho que le gustaba ligar con chicas jóvenes, y la cantidad de deporte que hacía todavía a su edad (aunque no se yo a qué clase de deporte se referiría). Y yo que pensaba que la gente rara solo estaba por el centro de Madrid.
Cuando por fin pudimos pisar la playa tras hacer una compra inmensa para nada más y nada menos que un regimiento de 9 personas hambrientas (yo la que más), bajando una cuesta de 5 minutillos, nos encontramos una panorama tal que así:
¡Playa desierta para nosotros solos! Mi sueño hecho realidad
La gente nos miraba raro porque íbamos muy veraniegos y como allí empezaban las vacaciones hoy todavía no había mucho turista que digamos. Éramos los guiris del lugar.
Las casitas de colores son lo mejor de este pueblecillo
Si, son mis pieses.
Hacía un poco de fresco y el agua estaba congelada, pero era un lujazo teniendo en cuenta las fechas en las que estamos aún.
Jugamos a las palas y demostré lo buenisima que soy (jugaban nada más y nada menos que con la tercera clasificada del campeonato de bádminton de mi colegio, ahí es nada). También jugamos al volley con una pelota un poco desinflada y resultados desastrosos, porque me lesioné, y con lesionarme me refiero a hacerme una herida en un dedo y a tener moratones en los antebrazos. Esque yo soy como de porcelana y tal (si, también lo digo por mi color de piel ultrablanco nuclear).
Al día siguiente fuimos a Benidorm, que está al lado de la Vila, y allí pude comprobar con mis propios ojos la decadencia de la zona guiri, que era una reencarnación de Sodoma y Gomorra (le vi el pito a 3 guiris por lo menos). Me lo pasé bien pero sinceramente, ahí se va a lo que se va, yo no hubiese aguantado durante más días un ritmo como ese.
Después nos hizo muy buen tiempo, tanto que a pesar de lo fría que estaba el agua algunos se bañaron, cosa que yo no hice porque estaba demasiado ocupada tapándome con un sombrero de paja que me encontré por ahí y poniéndome la toalla sobre los hombros. Y aun así me quemé.
Decidimos recorrer toda la playa para ir al faro (lo cual sirvió para rematar del todo mi moreno cangrejero), y allí un amigo y yo temimos por nuestras vidas. Yo porque para subir al faro había que escalar 3 metros de rocas resbaladizas, y mi amigo porque encontró un cangrejo ermitaño que salió de su concha con aire amenazador. Una pesadilla.
Pero una vez arriba las vistas eran bonitas.
¿Habéis visto qué azul estaba el agua?
Si digo que esto es el Caribe cuela.
Aquí habitaba el cangrejo ermitaño. Seguro que sigue allí todavía esperando su venganza.
El resto del tiempo que no estábamos en la playa o en algún pub por la noche lo pasábamos jugando al póker (juego al que estoy tan viciada como al LoL) y en la Tasca Llimons, un bar de pueblo con una foto del caudillo, pero las cervezas costaban un euro y hacían unas albóndigas para morirse. Pero en el último momento hicimos un descubrimiento genial: La sidrería, lugar en el que los dispensadores eran clavaditos a Pascual Maragall.
¿Que no?
También hicimos muchas otras cosas, como paellas riquísimas, y jugar con los gatos callejeros que rondaban por detrás de la casa. He sido muy feliz, por los gatos sobretodo.
Y hasta aquí las Crónicas Alicantinas. Seguro que se me olvidan anécdotas interesantes además de los detalles que he omitido, pero tampoco quería hacer de esta una entrada kilométrica de las que luego nadie lee (aunque por lo menos hay fotos a cascoporro).
¿Volveremos? Yo por mi sí.







